domingo, 28 de agosto de 2016 | By: Lorena Rivera

El encuentro

 
 



Hoy revisaba las fotografías de los últimos viajes... no he podido apenas escribir entradas  en este blog con tranquilidad,  pero mirándolo positivamente  si no estoy tranquila, entonces no estoy ociosa y si no estoy ociosa estoy trabajando, estudiando,  disfrutando con mi familia...o viajando con los ojos abiertos como platos y con los 5 sentidos  bien despiertos.

Al inicio, reconozco que el simbolismo,  el esoterismo, la historia, la búsqueda de los orígenes que tantas veces he leído me iban conduciendo, poco a poco, los verbos se fueron apoderando de mi... tocar, mirar, escuchar, probar, conversar   y fueron  convirtiéndose alegremente en gerundios...posibilidades infinitas, vidas infinitas en una sola... la mía.  Con el tiempo, no solo  he logrado que aquellos conocimientos vagos se afiancen, ha sido muy distinto... si, bastante distinto a lo que esperaba (e infinitamente mejor por otra parte)... los viajes me han  afianzado en mi,  en mi vida, en mis decisiones,  me han educado, me han quitado vendas, prejuicios, me han dado un tremendo poder de adaptabilidad al abandonar continuamente mi zona de confort y he aprendido a sobrevivir  con una mochila y lo puesto... no hay nada con dar el primer paso de salida y atravesar la puerta de casa.

Estaba mirando hace un momento una foto en la cual aparezco en el Sahara, en medio de las dunas, mirando la salida del sol después de haber dormido en una alfombra  mirando las estrellas e incluso parte de la vía láctea  (nunca he visto mas estrellas en toda mi vida), recuerdo que me quitaba los lentes para dormitar un poco y cuando me iba quedando dormida me los volvía a poner  rápidamente para aprovechar hasta el ultimo minuto de nocturnidad...  hasta que mis vecinas de alfombra, un par de chicas chinas muy simpáticas y majas  me despertaron para que no olvidara  ver el amanecer... me pareció una idea estupendísima y tome mi réflex, un foulard, me puse los zapatos  y me fui a cazar fotografías hasta que mi marido despertara, estando allí, con el olor del té de marruecos que estaban preparando  nuestros guías locales, tuve un tremendo recuerdo de mi infancia, el olor,  la arena colándose por los zapatos, esa sensación de ser tan infinitamente pequeña en un mundo tan grande y en mi imaginación  -la parte mas traicionera y sorprendente de mi ser-  me mire a mi misma a los 5 años con ese viejo vestido rojo, despeinada, desdentada, con sus viejos libros de historia en las manitas, con zapatos escolares con un cartoncito en la suela para que no se colara el agua, la bruma y  humedad del amado pueblo de los abuelos. Estando imaginariamente  una al lado de la otra mirando amanecer, nos miramos alegres de ese momento fugaz, alegres del esfuerzo realizado todos estos años, alegres y agradecidas  de la vida... y yo me sentía feliz de poder enseñarle esas cosas que solo  a los 5 años se pueden  soñar, y  al mismo tiempo con la  mano cogí un puñado de arena tan fría, tan suave, tan efímera y a la vez tan extensa a la vista,  que se escapaba rápidamente  entre mis dedos... como la vida.

Es una tontería lo sé,  pero es tan infinitamente gratificante estar en paz con tu niña interna, en el fondo,  siempre seré  esa niña ávida de comerse la vida.  Como buena budista, se que el mañana no esta escrito...por lo que cuando la imagino a mi lado loca de alegría  la tomo del hombro y le digo... "Pssss, tranquila, esto no ha hecho nada mas que empezar, aun queda mucho por trabajar, por hacer y sobre todo, mucho que aprender".  En ese momento un pequeño y sonriente niño de carácter eléctrico, de la misma edad  con el  pelo rizado y aspecto monísimo,  vino a por ella sonriendo y se fueron ...  mi marido había llegado al lado mío con esa enorme sonrisa que me alegra cada día y me ilumina cada noche,  dispuesto a posar para mi.



0 Deja tu comentario.: