miércoles, 28 de noviembre de 2012 | By: Lorena Rivera


Nadamás llegar los aromas se apoderaron de su frágil nariz,  tantos olores y de tantos origenes que dejaron de ser muchos para convertirse en uno solo, suavemente espeso, envolvente, casi seboso al olfato, mezcla de curri, incienso, excrementos de vaca, cuerpos inicnerados, al mismo tiempo en el que decenas de diferentes oraciones se escuchaban  provenientes de esos rostros morenos con  negros cabellos, onduladas melenas sujetas en largas trenzas o espesas rastas que emergian del río llenas de agua, escurriendo ese líquido marronáceo de olor indescriptible y de aspecto achocolatado donde se veían flotar en el ramas, trozos de tela, pequeños cuencos llenos de flores recien cortadas y veladoras encendidas que las barcas de turistas acribillaban a fotografias.

 Las escaleras del templo escurrian agua traída fervientemente del rio en cuencos de metal por todos esos pies descalzos que iban y venían empapados hasta llegar a los múltiples pedestales de dioses con rostros semiderruidos por el tiempo con penetrantes ojos blancos teñidos con polvos de colores, con la frente rojo intenso de donde unas ancianas manos cogian tinte para bendecir las frentes de los peregrinos que abonaban su contribucion en monedas y billetes, cuyo punto rojo les confirmaba con placidez y tranquilidad haber cumplico el celebre objetivo de estar alli presentes al menos una vez en la vida,  aunque esta se les escurriera de las manos cada vez que sonaba la campana de la entrada del templo.

Nunca habia visto tanta agua en un recinto sagrado, ni siquiera las mojadas tardes de procesión en Zacualtipan como aqui; caminando entre los nichos, mirando los textos sagrados escritos en las paredes, los largos trajes y profundos ojos negros de las mujeres con las manos llenas de flores olorosas incluso a la vista,  la tarde acaecía poco a poco, a lo lejos el sol apenas asomaba los ultimos rayos rojizos, magicos y lejanos, tremendamente lejanos, un sacerdote preparaba el ceremonial sagrado por el que todos estabamos alli, esperando con las camaras sobre las barcas.

Una pequeña mujer de aspecto fragil se acercaba al primer escalón del ghat, justo el que estaba a la orilla del Ganges, abrio  una bolsa de plástico escondida entre sus ropas y saco unos petalos ajados de flores rojas y amarillas, pequeñas y frágiles a la vista, casi podridas, sacó una vela que encendio con esa mano temblorosa una pequeña cajita de fosforos con la imagen de Shiva y con la otra mano, ajada y seca, la metió en el rio recitando una oración casi  susurrada, como quien dice algo al oido con autentica fé, espolvoreando algo de polvo de color en el agua  bendiciendo los puntos cardinales entrego una veladora al rio, unos petalos al templo y se fué, tal y como llego, se fué y se que nunca mas en la vida la volvere a ver y sin embargo a esa pequeña y fragil abuela la recordare aun más que al propio sacerdote que hizo al unisono que ella esa gran oración conocida por todos los turistas que van a los Ghats de Varanasi.




Reencuentros




Tras una muy larga ausencia, gracias a mi amiga Ana vuelvo aqui de nuevo, habia olvidado las entradas, los motivos por los que escribía, (muchos de los cuales ahora no existen), he leido, reido y me he sorprendido de algunas emociones de antaño, que por cierto no borrare del blog porque de un modo u otro forman parte de mi pasado...no cabe duda que la vida da muchas vueltas y gracias a Dios en mi caso ha sido a mejor... ahora tengo otras experiencias por compartir con vosotros, viajes, encuentros, cambios y sensaciones, pero poco a poco, sin prisa. 
Ana; gracias por tu carta que me ha emocionado y me han dado nuevament ganas de escribir.

Un abrazo muy grande¡